EL CASINO

¡Hagan sus apuestas, señores!.

El croupier invita a apostar, las nalgas se elevan en un único impulso sobre los asientos de los taburetes y los dedos acuden prestos -serpenteando entre las dudas- a su encuentro con los montoncitos de fichas.

No hay apenas mujeres en este casino y las pocas que hay parecen hallarse en la terraza: distantes, serias -incluso podrían parecer afligidas o apesadumbradas- sin hacerle ninguna de ellas el menor caso a las estrellas. Tampoco hay apenas plantas y el aspecto de las pocas que se ven no es demasiado halagüeño, sus colores y su consistencia te invitan a pensar que de un momento a otro todas ellas van a empezar a pudrirse. Copa el ambiente el humo del tabaco. Los jugadores abandonan sus pitillos entre los labios en tanto disponen sus fichas sobre el tapete. Airean, luego, sus pulmones con el alivio momentáneo que casi siempre reportan las decisiones al instante de haberse adoptado. Y respiran.

¡No va más!. La bola comienza a rodar y en el casino huele mal. Percibo un olor raro. Desagradable. Los apostantes mantienen fija su mirada en el centro de la mesa. Acaso les estén hablando a los objetos -“esta vez no me falles”, “el quince, el quince..” podrían estar suplicándole a la bolita; “no te detengas, por favor, sigue girando”.. cabría que animasen a la ruleta- con la vana esperanza de poder conmoverlos y ganarlos para su causa. Al azar eso no le extraña y hasta le hace gracia. Se trata de un truco muy viejo. Y muy malo.

La bola continua girando. Todos ambicionan ganar la partida y hasta los mirones, que no apuestan, cuentan con sus favoritos. En este casino todos quieren que pierdan unos y sean otros los que ganen. Los primeros, ¡está claro!, porque son unos indeseables que no se merecen ganar y los segundos... los segundos... porque alguien habrá de tener que hacerlo para que no termine chapando el chiringuito y los junini nos quedemos, definitivamente, sin entretenimiento.

Se reduce la aceleración del disco y la menguada esfera empieza a tocar, desbocada, una casilla y luego otra, sin parar, a saltos, dando brincos, como si fuera un pequeño pez al que un anzuelo homicida acaba de clavársele en la boca. Las facciones de los jugadores se tensan. Sus rostros reflejan ansia y expectación. Pueden ganar y pueden perder. Quieren ganar para no perder y no quieren perder porque le temen a la ruina, y de la ruina no quieren ni oir hablar, aunque a la mayoría de ellos le resulte imposible precisar el lance exacto con el que se disiparían sus miedos. Los ganadores -es obvio- volverán otra vez a jugar mañana; los perdedores.... también tratarán de hacerlo. Y la bola, mañana, nuevamente, a dar vueltas y vueltas y vueltas y más vueltas en busca del cero. Su destino -y eso que sólo es un miserable objeto, sin alma, sin corazón, sin vida....- también depende de la suerte. Y la suerte no se apiada ni de su puta madre.

“¡Veintinueve, negro, impar y pasa!”, proclama el croupier.

Ya. Lo he perdido todo. ¡Hasta el amor!.